El sueño de Manuel Gutiérrez de la Concha, la ambiciosa colonia agrícola que tenía por patrón a San Pedro de Alcántara, terminaría convirtiéndose en un núcleo urbano que ya acoge a más de 35.000 personas. Pese a que su crecimiento en las últimas décadas de desarrollo turístico ha sido espectacular, aún atesora la sencillez y racionalidad de su antiguo diseño urbano. El Ayuntamiento de Marbella no ha sabido conservar la esencia de la plaza central.
En el principio, según los estudiosos fue Silniana o Cilniana. Pero sobre sus ruinas nacería en el siglo XIX San Pedro Alcántara. San Pedro atesora algunos de los vestigios históricos más importantes de todo el término municipal. Los restos certifican que, más cercano a la costa, existió hace milenios un asentamiento romano.
Las Bóvedas, en Guadalmina, son unas termas romanas que aún conservan algo de su estructura aérea, lo que ocurre con escasos monumentos de este tipo: son unas de las pocas que tienen algo más que cimientos en toda España. Aunque los primeros arqueólogos creían que se trataba de un depósito de agua (un luengo acueducto, visible hasta hace décadas) y que podían ser restos de Salduba, estudios posteriores imponen la evidencia de que se trataba de unas termas y que formaban parte del núcleo urbano de Silniana, que fue devastado por un terremoto en el año 365 d. C.
Más arriba y al oeste, en la actual Lindavista, se conserva la basílica paleocristiana de Vega del Mar, de doble ábside y de gran rareza en su planta, única en España.
Este monumento enlaza directamente con la colonia de San Pedro toda vez que serían los responsables de la explotación agrícola quienes lo descubrieron. Decidieron repoblar con eucaliptos esta área y cuando empezaron a trepanar los hoyos para plantar los árboles descubrieron las primeras tumbas, por lo que poco después empezó a denominarse popularmente como «cementerio de los moros».
Pero no eran moros, como demostraron las primeras exploraciones que se efectúan en 1916 por Pérez de Barradas. Descubrieron una amplia necrópolis y la iglesia original. En la fecha en la que se descubre parte señera de su pasado la colonia de San Pedro Alcántara, semilla del actual, ya era toda una realidad. El marqués del Duero, Manuel Gutiérrez de la Concha, desarrolló un sueño que materializó a medias por falta de apoyo e incomprensión. Quizá era demasiado ambicioso para la época porque se trataba nada más y nada menos que crear y consolidar la mayor y más moderna obra de colonización agrícola privada de España, tal como señala Fernando Alcalá. Pero los préstamos vencidos, las ayudas gubernamentales volatilizadas y las deudas devoraron su patrimonio y, al final, tuvo que desistir de su empeño. Pero bajo el lema «Virtud y trabajo» su obra, el pueblo perfectamente organizado y diagramado casi con tiralíneas y cartabón, y las zonas aledañas con pantanos y trapiches, le pervivieron.
El magno proyecto del Marqués, que en su totalidad ocuparía una superficie de 10.000 hectáreas, fue providencial para Marbella en unos tiempos, 1860, en los que se atravesaba por una penosa crisis económica. La actividad minera de las ferrerías de río Verde, montadas por los Heredia y Girón, había concluido tras desforestar toda la sierra y el campo marbellí estaba bastante baldío. Gutiérrez de la Concha, como reseña Alcalá en su libro «San Pedro Alcántara: la obra bien hecha del marqués del Duero», empieza a adquirir en 1858 los terrenos que luego conformarán la colonia con vastas fincas de los términos municipales de Marbella, Estepona y Benahavís. Ocupaba unos 11 kilómetros de largo desde lo que hoy sería Puerto Banús hasta más allá del río Guadalmina, incluyendo lo que hoy es la barriada Esteponera de Cancelada.
Constituía un amplio y feraz espacio que bañaban tres ríos, Guadaiza, Guadalmina y Guadalmansa, y multitud de arroyos y regatos. Buena tierra, buena vega para un proyecto de envergadura. La inversión del marqués fue enorme ya que construyó el pueblo en sí, varias presas para los regadíos, más de veinte kilómetros de acequias, nuevos carriles y puentes, molinos y hasta un ingenio de azúcar. La colonia, la granja modelo que se pretendía, debía tener prácticamente de todo para albergar a los trabajadores y para las labores de investigación y desarrollo. No todo llegó a cuajar, pero en el proyecto inicial estaban previstos un jardín botánico, observatorio meteorológico, museo agronómico, herbolario, biblioteca especializada, lagar, piscifactoría, molinos de aceite y harina, granja para aves y ganado, lechería y quesería. En definitiva, la construcción de todo un emporio rural en torno a la actividad agraria al que el Estado se comprometió a aportar 100.000 reales por una concesión a 99 años. Pero, al final, allí no entró más dinero que el del propio marqués, que, arruinado, desistió y tiró la toalla en 1865.
La colonia agrícola necesitó de mano de obra especializada, lo que provocó un importante movimiento de inmigración, básicamente desde Andalucía, a una Marbella habitada en aquellos tiempos por unas 6.000 personas. En San Pedro Alcántara en 1861 sólo vivían 36 personas. Un año después ya nos encontramos, según señala otro estudioso de la colonia, José Luis Casado, con 529 vecinos. La mayor parte, 102 colonos, llega desde la propia Andalucía (72 de Málaga). Recalan desde Adra —la costa granadina donde eran expertos en el cultivo de la caña de azúcar—, Cádiz y Córdoba. Valencia, de indudable fama y destreza en las labores de huerta y frutales, aporta 24 colonos que proceden de Alberioque, Alcira, Carcagente y Llaurí. Tan sólo siete personas, sin labor agrícola, procedían de otros lugares. La nota cosmopolita la aportaba el ingeniero encargado de la colonia, Eugenio Taillefer, que era francés. La primigenia población de San Pedro, como ya se pueden imaginar, estaba compuesta básicamente por labriegos. De los 143 trabajadores, más del 70 por ciento eran agricultores. Cuando se abre en 1871 la fábrica de azúcar llegarán más artesanos.
La colonia era bien amplia y contaba tanto con un poblado central, que sería el núcleo de lo que hoy es San Pedro Alcántara, como con varios cortijos y haciendas. En la ciudad vivía la mayor parte de la población: 456 personas, lo que supone un 86 por ciento del total. En los cortijos y alquerías del Capitán, Pernet, Llano de la Leche o de Guadaiza, el resto: 74 personas. La cercanía en el tiempo de la fundación de San Pedro permite conocer al detalle casi milimétrico cómo era el pueblo original y hasta quiénes vivían en cada una de sus casas.
La trama urbana era clara, reticular y claramente jerarquizada. Los trabajadores se ubicaban en diferentes viviendas o zonas del poblado según su clase social. Las casas más modestas se distribuían simétricamente en torno a las calles La Gasca, Pizarro y la central, de Marqués del Duero, la arteria principal que siempre se ha conocido como la calle de Enmedio. En esta zona vivían básicamente labradores. Los edificios más destacados, amplios y con más comodidades se reservaban para los técnicos superiores y capataces, y se levantaron en el entorno de la plaza central de la colonia, hoy de la Iglesia. Allí se encontraban el templo, la casa de los Dependientes, el jardín botánico, el economato, la fonda, la casa de los Escribientes, el cuartel de la Guardia Civil, la casa de Administración (luego conocida como Robledano) y la villa San Luis, actual Tenencia de Alcaldía, que en su tiempo fue la mansión de la familia Cuadra, que adquirió parte de la colonia tras el fracaso del marqués. En el entorno de la plaza vivían tan sólo 18 personas, dado que gran parte de los edificios eran administrativos.
Inicialmente el pueblo tenía prácticamente dos calles que se conocían por nombres bien simples: Alta y Baja. Había 95 casas entre las dos. En la calle Baja, con 47, se habitaban 37 y en la Alta estaban ocupadas todas las viviendas: 48. La calle Alta, salvo dos guardas, estaba poblada exclusivamente por labradores, mientras que en la Baja ya había otro tipo de oficios como el estanquero, el posadero, el panadero, albañiles, capataces y practicante, aparte también de campesinos. A la colonia se accedía desde el camino viejo a Estepona, dejando a la derecha el hospital. Camino hacia Ronda, rodeada de huertos de empleados, estaba la retícula de casas a la que remataba al norte la plaza, también circundada de los huertos de los empleados más notables. Las escuelas se situaban en esta zona.
La tarea fue ingente. Sirva como apunte que se plantaron más de un millón de árboles. Ya en 1865, como refleja Alcalá, se destinan 200 hectáreas a caña de azúcar, 100 a alfalfa, 200 a maíz, 25 a pimientos, 50 a algodón, 25 a yeros (planta de la algarroba), 250 se dejan en barbecho y 500 hectáreas de todos estos productos quedan para uso de los colonos. En total 1.350 hectáreas de cultivos. En ganado la apuesta fue más timorata, aunque en 1862 la colonia albergaba un millar de ganado, de buena raza, la mayor parte cabras y ovejas aunque también había cerdos y vacas (suizas), aparte de asnos y mulos para los tiros.
La plaza Iglesia era el centro de la vida social de la colonia agrícola José Luis Casado ha efectuado un estudio demográfico minucioso de la población originaria del núcleo urbano. Revela que cada vivienda era ocupada al menos por una familia, aunque a veces se compartían con más en función del número de integrantes o incluso con personas externas al núcleo familiar. Había casas con tan sólo dos personas y otras hasta con catorce, pero la media era de unas cinco por vivienda.
Desgraciadamente, este conjunto, armónico y coqueto, ha sido destruido en tiempos muy recientes. No hay excusas para justificar tamaño despropósito, ya que apenas si quedan en pie la propia iglesia y la Villa San Luis.
El resto ha caído presa de la piqueta y de una inexplicable política municipal que ha favorecido los derribos para permitir posteriormente edificios de gran altura que rompen totalmente el equilibrio y esencia urbanística de San Pedro Alcántara. Se ha perdido así, de la manera más burda e innecesaria, una oportunidad histórica de conservar el núcleo central de la colonia, que se había salvado de la guadaña del progreso turístico.
Los matrimonios que recalan en San Pedro al abrigo del proyecto del marqués del Duero tienen pocos hijos y sus raíces quedan en los puntos de origen. Este dato antropológico tiene gran importancia para explicar la idiosincrasia de San Pedro, una localidad que tiene características propias y que, producto del inicial desarraigo, ha desembocado en una incuestionable conciencia de pueblo diferenciado. Gentes venidas de lugares muy diferentes, en aluvión, en apenas una generación, toman como propio su nuevo espacio vital. Sin fisuras y con vehemencia defienden su futuro.
En la casa de la plaza, la de los Dirigentes, vivían 18 personas y en el cortijo exterior más poblado, el de Guadaiza, un total de 37, casi todos carreteros. Destaca dentro de la configuración de la plaza de la Colonia la casa de Dependientes, que en realidad eran dieciséis viviendas concatenadas a una central y más amplia que era la del capataz. Si en sus inicios apenas si la habitaban unas 60 personas, en 1871 pasó a tener 104 y en 1896 bajaría a 82. El marqués del Duero pretendió crear un emporio agrícola, moderno y tecnificado, en el que por ejemplo se experimentaron con nuevas variedades de semillas o se introdujeron las primeras máquinas de vapor dedicadas al campo procedentes de Alemania.
Iban a invertirse sólo en edificaciones 262.000 reales, pero el proyecto sucumbió y empezó al desmantelarse en 1866. La hija del marqués vendería en 1874 la colonia a Joaquín de la Gándara y Luis Manuel de la Cuadra, sus principales acreedores, que trasladan su residencia de París a San Pedro. De la Cuadra, al que se le otorgó el título de marqués de Guadalmina, se dedica más al comercio exterior y a la exportación alextranjero. Pero, finalmente, en los años veinte, la colonia deja definitivamente de ser rentable y se procede a su parcelación y venta. En el año 1931 la fisonomía había cambiado y crecido, aunque aún se conservaba el sentido gremial: existía un economato para suministrar comestibles a los colonos. También lugares que marcaban el pulso ciudadano como el café de Lozano, la taberna de Roca o la tienda de tejidos de Andrés Pérez. Se desmontará, asimismo, la casa hospital, que se vende en 1942 a la cooperativa agrícola de San Isidro. El acta de defunción formal de la colonia se firma en 1944 cuando desaparece como tal y la adquiere la Compañía Nacional Azucarera. El Ayuntamiento, no obstante, le compra un año después la villa San Luis por 60.000 pesetas así como, lo que es casi tanto o más importante dada la potencia agrícola de la zona, el sistema de aguas y regadíos que abastecía a la colonia.
De la desmembración surgirían posteriormente núcleos urbanísticos turísticos de entidad, como es el caso de Guadalmina y, sobre todo, con los terrenos también de la vecina colonia de El Angel: Nueva Andalucía, el emporio turístico por excelencia de Marbella. El proceso de inmigración continúa y se acentúa, ya con mano de obra que recala en la Costa para nutrir un pujante sector de la construcción y de servicios.
La localidad tiene que crecer y se amplía aún más la trama urbana de la primigenia colonia con los barrios de Los Catalanes y Divina Pastora, que se levantan en 1964. Por darles algunas cifras del celérico desarrollo, calculen que en 1950 solamente habitaban en San Pedro Alcántara 1.028 personas; en 1970 ya se pasa a 7.236 y en el 93 se superaban los 28.000 habitantes. El crecimiento y la transformación experimentada hasta nuestros barrios nacieron del entorno de algunas de sus actividades, cortijos o alquerías, como el Salto del Agua o la Fuente del Espanto, al norte, y sobre todo, el Ingenio, que crece en torno al antiguo molino de azúcar de caña y su posterior alcoholera, que es el edificio que se conserva, junto con otros almacenes y que recuerda el origen de este núcleo de población. Se equipa en 1871 con maquinaria inglesa. Tres años después muere el marqués sin poder hacer frente a las deudas, que ejecutan Gándara y de La Cuadra. Será este último quien, como ingeniero que era, se haga cargo de la explotación de este molino y del radicado en El Angel. La popularización del sistema remolachero también da al traste en 1920 con esta industria.